Ago 30, 2007
Cuento del plantador de datiles: METODO en 8 pasos para merendarse el día a día (115)
La vida es dura y, en el mejor de los casos, difícil. Y lo digo desde la perspectiva de un pesimismo bien entendido. Es “normal” que de vez en cuando nos parezca imposible ganar el partido: los objetivos, incluso los pequeños, nos resultan inalcanzables; los recursos escasos; y el ánimo y la motivación más que cortitos. La tentación de no hacer nada, el dejarnos llevar, y la queja y el mal rollo acechan desde por la mañana. Las soluciones están ahí, el método en 8 pasos para pasar sobre la vida (y no al contrario) lo conocemos desde siempre. Y es que las explicaciones sencillas suelen resultar las mejores
MÉTODO EN 8 PASOS PARA MERENDARSE EL DÍA A DÍA
(+ CUENTO con moraleja de regalo)
1) OBJETIVOS. Definir o replantearnos las metas: ¿realmente es razonable lo que me propongo?;
2) PLANES. Priorizar y planificar para obtener logros: en la mayoría de los casos, con organizarse un poco, ya se ven mejoras;
3) AUTOCONOCIMIENTO. Aprender de las experiencias, habilidad también llamada evaluar;
4) ESTILO DE VIDA. Adecuar el ritmo y ponerse de vez en cuando en modo slow o estilo tranqui: ¿quizás nos estamos exigiendo demasiado?;
5) AUTOCONTROL. Aplicar un poco de paciencia: será difícil saber si vamos en la dirección correcta o, al menos, en una “aceptable” si no tenemos suficiente perspectiva;
6) RELATIVIZAR. No intentar resolverlo todo racionalizando, comiéndose el coco y luchando con la ansiedad. Cuando las cosas se sienten mal, no necesariamente van mal: es que, de vez en cuando, la vida es dura y, en el mejor de los casos, difícil.
7) ACEPTACIÓN Y ACCIÓN. Una vez aceptado esto, el mejor camino es hacer lo que uno tiene que hacer, y luego ya veremos. Como el plantador de dátiles.
8) DECIDIR. Y si aún no has decidido qué hacer, habrá que ponerse a decidirlo.
Nota ingenua del autor: confío en que este tipo de artículos, aunque incluyan cuentecitos, no huelan a autoayuda chunga ni a la burda búsqueda de la felicidad. Si es así, por favor, criticadme sin piedad. Pero las historias, vídeos y metáforas en sí, no me parecen buenas o malas a priori, son lo que hacemos con ellas.
EL PLANTADOR DE DÁTILES.
En un oasis escondido entre lejanos paisajes del desierto se encontraba el viejo Elihau de rodillas junto a unas palmeras datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para que sus camellos abrevaran y vio a Eliahu sudando mientras parecía escarbar en la arena. -¿Qué tal, anciano? La paz sea contigo. -Y contigo -contestó Elialiu sin dejar su tarea. -¿Qué haces aquí, con este calor y esa pala en las manos? -Estoy sembrando —contestó el viejo. -¿Qué siembras aquí, Eliahu? -Dátiles -respondió Elialiu mientras señalaba el palmar a su alrededor. -¡Dátiles! -repitió el recién llegado. Y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez del mundo con comprensión-.
-El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor. -No, debo terminar la siembra. Luego, si quieres, beberemos… -Dime, amigo. ¿Cuántos años tienes? -No sé… Sesenta, setenta, ochenta… No sé… Lo he olvidado. Pero eso, ¿qué importa? Mira, amigo. Las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y sólo cuando se convierten en palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no te estoy deseando el mal, y lo sabes. Ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy estás sembrando. Deja eso y ven conmigo. -Mira, Hakim. Yo he comido los dátiles que sembró otro, otro que tampoco soñó con comer esos dátiles. Yo siembro hoy para que otros puedan comer mañana los dátiles que estoy plantando… Y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
-Me has dado una gran lección, Eliahu. Déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me has dado -y, diciendo esto, Hakim puso en la mano del viejo una bolsa de cuero. -Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto, y sin embargo, fijate, todavía no he acabado de sembrar y ya he cosechado una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo. -Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy, y quizás es más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas. -Y a veces pasa esto –siguió el anciano. Y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas-: sembré para no cosechar y, antes de terminar de sembrar coseché no sólo una, sino dos veces. -Ya basta, viejo. No sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que toda mi fortuna no sea suficiente para pagarte
Visto en La Tierra tiene fiebre







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